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Exgobernadores

Lo de Manuel Bartlett, tratándose de una persona de la tercera edad, puede resultar injusto para muchos; para otros, totalmente merecido

Manuel Bartlett Diaz

Manuel Bartlett Diaz

Por Autor Externo
9 de junio de 2026
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El fin de semana se viralizó un video en el que Manuel Bartlett Díaz es increpado –con más odio que inteligencia– por un pasajero en un vuelo de primera clase a España. Entrado en años, dueño de su propio desprestigio, el exgobernador y (patético) exdirector de la CFE recibe el reclamo tan callado como sorprendido y decide no caer en la provocación.

Su respuesta a los consabidos cuestionamientos sobre su patrimonio y la “caída del sistema” en 1988 es el silencio. Quizá el único refugio de tantos personajes que algún día fueron gobernadores, que decidieron ser más odiados que amados y que por razones inexplicables creyeron que el poder es eterno.

¿Cuántos exgobernadores de Puebla pueden salir a las calles, ir a un desayunador, tomar un vuelo a donde les plazca, pasear en un parque público, sin ser objeto del desprecio de sus gobernados? Contados con los dedos de la mano, pero que me conste, tres: Melquiades Morales FloresGuillermo Pacheco Pulido y Sergio Salomón Céspedes Peregrina.

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El resto o está en el ostracismo –véase el caso de Tony Gali Fayad–, o en la cárcelMario Marín Torres, o lamentablemente muertosRafael Moreno Valle RosasMartha Erika Alonso Hidalgo y Luis Miguel Barbosa Huerta.

Lo de Manuel Bartlett, tratándose de una persona de la tercera edad, puede resultar injusto para muchos; para otros, totalmente merecido: resultado, a final de cuentas, de los numerosos agravios políticos y personales sembrados en el camino.

¿Por qué será que muy pocos gobernadores piensan realmente en su séptimo año, el año en que descubren que todos los amigos eran falsos y todos los enemigos, verdaderos? ¿Será por qué el poder obnubila, pero el poder absoluto –sin contrapesos ni autocontroles– obnubila totalmente, y se vuelven ciegos?

Por cierto, según he podido observar, el de gobernador es uno de los cargos más solitarios que existen. Te rodea mucha, mucha gente –y, sin duda, las adulaciones no escasean–, pero realmente estás acompañado por nadie.